miércoles, junio 19, 2024
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Lanzamiento Libro: ‘Ciudadanías al Aire’, una Inmersión Profunda en la Realidad Rural de Colombia

En un hito literario que amalgama décadas de experiencia y un compromiso profundo con la democratización del conocimiento, el doctor Juan Carlos Pérez, reconocido como el mejor profesor de radio del país y exdirector del noticiero de Todelar, actual maestro de la Universidad Sergio Arboleda e inspirador de voces, por medio de su Programa Mundo Rural, presenta su más reciente obra, "Ciudadanías al Aire". Este libro, fruto de una gran trayectoria y una inmersión profunda en la Investigación Acción Participativa, se erige como un faro de luz en la comprensión y transformación de las realidades sociales desde la perspectiva de las comunidades participantes de Radio Sutatenza y las Escuelas Digitales Campesinas de la Fundación Acción Cultural Popular (ACPO).

En este viaje intelectual, la obra se nutre del compromiso de la Fundación ACPO durante 76 años transformando la educación rural y el campo colombiano. La sinergia entre el autor de esta obra, Juan Carlos Pérez, y ACPO ha permitido trascender los límites convencionales, abrazando un enfoque metodológico único: la Investigación Acción Participativa. Aquí, el investigador no es un observador distante, sino un participante comprometido en el tejido social que estudia, uniendo las voces diversas y los saberes de las comunidades.

En las páginas de «Ciudadanías al Aire», Pérez propone una metodología dialógica, emancipadora y transformadora. Aboga por entender la sociedad como un espacio simbólico compartido, donde los antagonismos pueden convertirse en agonismos constructivos. Una apuesta por construir acuerdos y evidenciar disensos, todo ello respaldado por la riqueza de la intersubjetividad. A continuación, presentamos un pequeño fragmento del libro que invita a reflexionar sobre la necesidad de cambiar la percepción del otro y construir puentes en medio de la diversidad.

‘Ciudadanías al Aire’

Radio Sutatenza y Acción Cultural Popula en la era digital Producción de sentido y construcción de ciudadanías en las Escuelas Digitales Campesinas.

¿Qué significa ser campesino hoy?

Compleja, diversa, dinámica y caracterizada por grandes y profundas transformaciones. Así se puede calificar hoy la realidad del campo colombiano, a más de 70 años de haberse fundado Acción Cultural Popular y la emblemática Radio Sutatenza.
En ese contexto, emergen las siguientes preguntas: ¿Son el campo de hoy y sus habitantes los mismos de hace 76 años? ¿La realidad rural colombiana, caracterizada en esos años por una fuerte presencia de grupos armados y por la agudización del conflicto, cambió, o no, de manera sustancial lo que significa vivir en el campo y ser campesino? ¿Si cambió, cómo son hoy esos habitantes, razón de ser del trabajo de ACPO y de sus Escuelas Digitales Campesinas, EDC?.

Algunas respuestas y reflexiones referidas al ecosistema sonoro de Acción Cultural Popular (ACPO) están en el libro “Ciudadanías al Aire. Experiencias e impactos de Radio Sutatenza en la era digital”, de la autoría del docente e investigador Juan Carlos Pérez Bernal, que acaba de publicar Synolimia Ediciones (2023).

De allí (Capítulo IV) publicamos el siguiente fragmento:

Con el propósito de entender con mayor precisión cómo se da la producción de sentido en las Escuelas Digitales Campesinas de ACPO, surgen, además, estas preguntas: ¿Qué significa hoy ser campesino? Y ¿Cómo se concibe allí la ciudadanía rural? Solidaridad, humildad, laboriosidad, unidad, orgullo…Con estos calificativos se autodefinen muchas de las campesinas y campesinos consultados para esta investigación. Y habría que agregarles estas otras: Tesón y arraigo, valores que les han garantizado permanecer en el campo, a pesar de ser las principales víctimas del conflicto armado, al lado de las
comunidades indígenas y de las poblaciones negras.

Debido a ese contexto casi siempre hostil en el que han debido vivir, muchos de ellos se caracterizan por su espíritu rebuscador pues, casi siempre a la brava han debido abrirse paso en regiones que, aunque no son las suyas, les han dado la oportunidad de subsistir. Fue, por ejemplo, lo que pasó con muchos campesinos caucanos, desplazados en forma violenta de su territorio por grupos armados que llegaron tras los grandes negocios derivados de la hoja de coca y de la minería ilegal. Una buena cantidad emigró en los 80 hacia el Putumayo donde se vivía la famosa bonanza cocalera. Unos pocos años después, por instrucciones del gobierno de los Estados Unidos, se inició la erradicación masiva de la hoja de coca con el nocivo glifosato.

Y aunque algunos campesinos resistieron la embestida con recursos artesanales, como el riego con melaza de panela, muchos otros decidieron retornar a su Cauca a comienzos de los 90 pero —como lo precisa Alfredo Molano — no como obreros de palma o como jornaleros de las chocolateras. Regresaron a sembrar coca. Y detrás —o quizás adelante— llegaron los narcotraficantes. (Molano, 2017, p. 38).

Claro, ésa, por fortuna, no ha sido la realidad de todo el país pues, a pesar de todo, el campo colombiano sigue siendo un gran productor alimentos básicos, como lo advertimos en los siguientes testimonios, recogidos del programa radial Mundo Rural: “Somos los que producimos comida, y los que siempre estamos dispuestos a colaborarles a las personas”, dice Vicente García, de la zona rural de Tena (Cundinamarca). Ser campesino es la riqueza más grande que tengo, afirma, por su parte, Pastor Valero, campesino de Otanche, municipio del occidente de Boyacá conocido por ser el corazón de la famosa guerra de las esmeraldas. Es maravilloso; es lo que que más me ha gustado…Hay libertad, hay felicidad, hay aire libre, complementa María Carmen Valero, de la misma población, mientras doña Odilia Marín, matrona caldense, quien dice sentirse orgullosa de sus 71 años de vida en el campo de Pensilvania , asegura a manera de sentencia pausada y franca: también es cierto que a muchos les gusta el trago, piden préstamos y se les complica la vida. (Pérez, 2017, audio pódcast).

Claro, hablar del campo colombiano y de lo que significa ser campesino es pisar terrenos complejos, pues no nos podemos referir a identidad sino a identidades llaneras, vallunas, montañeras, costeras, selváticas… Con diferentes delicias gastronómicas, como las hallacas nortesantandereanas, el tamal tolimense, el asado huilense, la bandeja paisa del Viejo Caldas y Antioquia, la bitufarra atlanticense, el sudado de pescado del Pacífico, el ajiaco bogotano…Y variadas propuestas musicales como el vallenato, la cumbia, la carranga, el joropo, el bambuco, el currulao, el torbellino, el rajaleñas… Son, como vemos, oímos o saboreamos, manifestaciones culturales variopintas como la propia geografía colombiana, las cuales tampoco han salido ilesas de la arremetida violenta. Como lo cuenta el propio Molano, no solo se ha hecho o se ha pretendido hacer el desplazamiento físico de todos aquellos que se niegan a obedecer a los guerreros, sino lo que podemos llamar desplazamiento simbólico: Los alabaos y los arrullos (cantos típicos del Pacífico) fueron reemplazados por los corridos norteños y por los vallenatos modernos; los tambores y las marimbas sucumbieron bajo el ruido de los altoparlantes. (Ib.).

Vemos, entonces, algo en común que ha dejado sus imborrables marcas en la esencia de las campesinas y campesinos colombianos: la lucha por la tenencia de la tierra, en la cual muchos han perecido, otros más han sido desplazados, pero otros ¡han resistido!. Y gracias a esa resistencia también se han salvado expresiones culturales como las referenciadas por Molano, sin negar que el miedo ha hecho mella. Por eso la marimba de chonta sigue sonando, aún más fuerte y con mayor nitidez que antes, amén del trabajo musical desplegado por grupos, hoy tan emblemáticos en Colombia, como Herencia de Timbiquí, ganador de una Gaviota de Plata en el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, versión 2013, con su tema Amanece. Vale decir que en letras como las de esta canción se hace evidente cómo los habitantes rurales han echado mano de la potencia del silencio (Guerrero, 2018) para hacer notar el horror de la guerra:

Amanece noche,
amanece, que ya tengo frío; noche amanece.
Cuando el campesino deja su bohío,
en la madrugada, en medio del frío,
lo coge la noche de regreso al nido,
hay una tormenta de medio camino.
Amanece, noche amanece, que me estoy mojando, noche amanece.
Amanece noche, amanece,
que ya tengo frío, noche amanece.

Es claro que aquí no hay una denuncia explícita, pero sí una clara enunciación del dolor y una exhortación a la esperanza, desde una de las zonas donde se ha librado el conflicto armado colombiano con mayor intensidad, como lo es el occidente del departamento del Cauca. En efecto, quienes levantan sus voces para cantar han sufrido en carne propia la violencia, y devuelven así, canciones por plomo. Como lo advierte el periodista Arturo Guerrero, al referirse a este tipo de estrategias usadas también por comunicadores de zonas alejadas, víctimas de toda clase de abusos del poder, enunciar es Hablar del milagro pero no del santo. En esos casos el milagro era desgracia: tierras apropiadas con la vista gorda de notarios, campesinos expulsados, masacres, muñecos echados al río para que bajaranal mar del olvido (…) Gracias a este trueque, el pueblo se informa con mayor profundidad. No mediante el estruendo de la foto del maleante, de su prontuario puntual. Más bien con el relato del cáncer que muele a mordiscos a toda la sociedad. (2018, p. 1).

Es solo un ejemplo pues, en realidad, el país cuenta con una pléyade de artistas que se ha aferrado a su propio terruño para hacer escuchar sus voces esenciales y auténticas, entre los cuales podemos mencionar también a Hugo Candelario González; a José Antonio Torres, “Gualajo”; a Nidia Góngora y a los grupos Chocquibtown, Ondatrópica, Saboreo y La Revuelta…. La mayoría de ellos se han hecho notar en el festival Petronio Álvarez, que se realiza cada año en Cali, la capital del Valle del Cauca. Inaugurado en 1997, el Petronio Álvarez hoy por hoy es reconocido como el escenario más importante para proyectar las músicas del Pacífico.

Son voces que nos confirman que la población campesina ha sido diezmada, como lo evidencian las cifras del Censo Nacional Agropecuario 2014. Pero, aún así, vale esta pregunta: ¿Cómo se explica que aún existan campesinas y campesinos en medio de los horrores del conflicto? El mismo Molano — sociólogo y periodista colombiano que se dedicó a contar la historia rural con ojos de campesino, amén de sus travesías, encaminadas a conversar y a escuchar para, según sus propias palabras, limpiar lo que me distancia del vecino—tiene estas claves : Es clara la ventaja que ha sabido potenciar el campesino, derivada de la difícil y caprichosa topografía, al usar la mano de obra familiar, mientras la gran agricultura debe contratar labriegos asalariados:

Son secretos que hacen factible que hoy en el país, a pesar de la acelerada concentración de la tierra, el campesino no haya desaparecido. A ello se suma la decisión de los indígenas de atrincherarse en sus resguardos y parar al terrateniente a costa de miles de muertos. (2011, p. 2).

Por supuesto, la misma guerra se ha encargado de profundizar la idiosincrasia raizal campesina, algunas de cuyas bondades se mencionaron arriba. Queda claro que las prácticas cotidianas marcan una diferencia estratégica frente a los negociantes de tierras quienes, casi siempre, o son los mismos, o están asociados con los hombres de la guerra.

En efecto, como lo reafirma Molano, la familia tiene una importancia decisiva, valor que hemos podido comprobar en el propio trabajo de las Escuelas Digitales Campesinas, cuyas dinámicas se caracterizan por ser colaborativas y por apoyarse en el principio cristiano de la solidaridad, a tal punto que las propios estudiantes asumen como clave compartir lo que aprenden. Así lo explica, por ejemplo, Marco Fidel Zambrano, estudiante de Guayatá, Boyacá: Trabajando unidos es mucho mejor para el agro y para los campesinos, ya que hemos estado muy abandonados. Y agrega: Cada sesión consta de unas tres horas, cada ocho días. Hay diálogo entre nosotros. Nos apoyamos para superar cualquier dificultad. Hay mucho
compañerismo. Nos dedicamos a nuestro estudio y nos ayudamos mutuamente. (Pérez, 2017, audio pódcast).

A su turno don Vicente García, de Tena (Cundinamarca) no duda en señalar que esa disposición para ayudar al otro hace parte de la propia esencia campesina: Siempre estamos dispuestos a colaborarles a las personas. Si llega un vecino a pedir un favor y uno lo puede hacer, uno le sirve a la gente. Estamos muy unidos…Esta semana, por ejemplo, dijeron: vamos a arreglar la carretera.Y todos los campesinos salimos a trabajar. Los campesinos somos más unidos que la gente de los pueblos…. (Pérez, 2017, audio pódcast).

Por su parte Gladys Celis, madre de familia y quien a sus 61 años decidió inscribirse en la EDC de La Capilla (Boyacá), destaca cómo su decisión le ha traído beneficios familiares muy importantes: Mi familia está muy feliz de ver que a mi edad yo me he interesado por participar y por aprender. Tan así que mis hijos se quieren venir de Bogotá, a trabajar conmigo y a apoyarme, dice. (Pérez, 2017, audio en podcast). Situaciones como estas son las que le dan pie a Molano para afirmar que el trabajo solidario (…) hace que la vereda sea un organismo social de gran cohesión.

Recordamos que fue ese acendrado valor de los campesinos el que hizo posible el nacimiento de ACPO en 1947. Y es que el principio cristiano de ayudarle y tenderle la mano al otro fue el que se manifestó cuando José Joaquín Salcedo los convocó para que ayudaran a construir el teatro, la primera gran obra de la organización, y la respuesta no se hizo esperar, como lo revela el investigador Indalecio Rodríguez, citado por Bernal Alarcón: (…) superó cualquier cálculo y demostró que en sus mentes había materia prima suficiente para dar un sí, cuando se les explicaba con claridad la nobleza de una buena causa y cuando se les demostraba que correspondía a un deseo auténticamente amigable cristiano, de ayudarles a superarse por sí mismos. (2005, p. 43). Es un valor que hoy también se hace tangible, como quiera que le ha permitido a ACPO consolidar su proyecto de Escuelas Digitales Campesinas con la campaña Milagro, mediante el recaudo de $500 millones desde su creación en 2015.

Otras investigaciones, como la realizada por Hernando Vaca Gutiérrez (2011) confirman que la religiosidad “deficiente, ingenua aunque sincera” (p. 262) , jugó y aún juega un papel preponderante en el proceso de la Educación Fundamental Integral y, en la práctica, ha sido muy bien aprovechada por ACPO, pues ha sabido incorporar a sus diferentes procesos interactivos e interpelaciones las marcas del discurso religioso, de sus instituciones, de sus sujetos, de sus funciones y papeles. En cuanto al tesón y al arraigo se refiere, habría que recordar que buena parte del mundo agrario colombiano se ha hecho a punta de colonización, es decir, con grupos de campesinos que se han dado a la tarea de tumbar monte en zonas selváticas e inhóspitas, aunque, en su balance general, ello no se haya traducido en la democratización de la propiedad.

El historiador Álvaro Tirado Mejía se refiere, por ejemplo, a la emblemática colonización antioqueña del siglo XIX, protagonizada por pequeños cultivadores que quisieron abrirse paso como propietarios pero, en su empeño siempre se enfrentaron a la voracidad de los terratenientes que detentaban el poder político y, por esa vía, se hicieron adjudicar inmensas extensiones de terreno: La historia de la colonización es el relato de actos de violencia y un sinnúmero de pleitos (…) fue la acción de invasores idealizados como colonizadores ( Tirado,1978, p. 26).

En consecuencia, desde siempre esos pequeños campesinos, enfrentados a toda clase de inclemencias y arbitrariedades, aprendieron a mantenerse en su territorio y a defenderse con su principal activo llamado familia que, como se ha visto, supieron convertir en poderosa arma contra la competencia desleal de los latifundistas.

Es un arraigo que hoy se mantiene latente en la mayoría de ellos, como lo advertimos en el siguiente testimonio recogido por el semillero de investigación Radio y Ciudadanías: Nací en el Carmen de Chucurí (departamento de Santander). Siempre he vivido en fincas; trabajé en el sur de Bolívar y salí de allí a trabajar en una finca de ganadería porque la situación era muy difícil. Solo estudié hasta segundo de primaria…Trabajé tres años de empleado y volví a la finca de mi papá, donde sembré yuca y plátano y también teníamos algo de ganado.Ya teníamos la finca bien organizada cuando llegó el Ejército y otros grupos armados y nos tocó salir desplazados para la ciudad…Fue muy duro, porque estábamos acostumbrados a trabajar con cultivos; me tocó regalarme para el Ejército, porque fue la única opción, pues necesitaba conseguir la Libreta Militar, porque nadie me daba trabajo. Dos años después me enteré de las ayudas para los desplazados; me han ayudado con $70 mil anuales. El estado prácticamente no nos ayuda. Hoy sigo trabajando en parcelas, fincas, con ganado, con cerdos… (Pérez, 2017, audio pódcast).

Y nos preguntamos, en ese mismo contexto, ¿cómo concibe ACPO la ciudadanía rural?. (Se retoman aquí algunas de las anotaciones publicadas por el autor en la revista Interacción, de Cedal): Participación y pertenencia activa, esto es, protagonismo en la toma de decisiones; pensamiento crítico y creativo; conocimiento de su propio entorno y de contextos más amplios que le permitan actuar en redes de interaprendizaje; aplicación y uso de técnicas procesos apropiados para el aprovechamiento sostenible y responsable de la tierra…Son algunos de los valores y principios que guían la tarea de la Educación Fundamental Integral. En esa misma dirección, ACPO concibe la inclusión digital, articulada en su estrategia de integración de medios, como la capacidad de acceder información que se convierta en oportunidad de desarrollo personal y social. (Pérez, 2017).

En efecto, para ACPO (…) inclusión digital es eso: que las personas del campo, que siempre han estado más relegadas que las personas de la ciudad, en cuanto a las Tecnologías de la Información y la Comunicación, puedan ingresar a la sociedad de la información y servirse de ella para su desarrollo.(Pérez, 2016, audio pódcast).

Es, entonces, un desarrollo personal que parte de hacerse consciente de la dignidad humana, para propiciar la formación de ciudadanos socialmente comprometidos, solidarios y justos, críticos y participativos, y responsables con el medio ambiente. En esa dirección, ACPO enmarca el concepto de ciudadanía rural en las tareas y transformaciones que se logran mediante la comunicación popular y la comunicación para el desarrollo y el cambio social.


(Más información sobre el libro y el autor en: jotacarlos5@yahoo.com).

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